02/23/10

Permalink 09:30:37 pm, by yalooten Email , 2277 words   English (US) latin1
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Capítulo 1. El día de los gecos.

Creo que hoy es 20 de Noviembre de 2008. No lo puedo asegurar. Se escuchan lejanos los tonos de móviles con el himno nacional .

Hoy es el día de los gecos. Los nuestros, los del terreno, los conocemos como salamanquesas. Siempre me ha intrigado cómo pueden llegar a sostenerse en el techo de las terrazas de las de las viviendas de veraneo. Jamás se caen; corren, huyen o persiguen a sus víctimas ridiculizando a la fuerza de la gravedad y a quienes somos esclavos de ella.

Desde que hice el “mes del escalador sin protección” he conseguido desarrollar la musculatura de los antebrazos de una forma increíble. Creo que tengo una fuerza descomunal en las manos. Es el momento de empezar a calentar todos los músculos. Quiero sentirme como uno de ellos aunque sólo sea quieto. Si pudiera encontrar el sistema para poder caminar por arriba, ya no volvería a cruzarme con ninguno de vosotros, los que andais al revés.

Estoy- desnudo- sentado en la taza del váter. Tengo mis pinturas preparadas. Llevo días pensando en cómo me puedo pintar la espalda a semejanza de mis admirados gecos. Quizás haya dado con la solución sin necesidad de pedirle ayuda a nadie. Algo, que ya decidí hace tiempo, no volver a hacer porque siempre me toca pagar un precio. Ya se sabe el proceso: pido ayuda, se sorprenden y siempre terminan por ayudarme los de la cápsula del tiempo.

Hace tiempo que una idea me ronda la cabeza: estoy plenamente seguro de que en el principio todos podíamos circular como nos viniera en gana y alguien que no consigo identificar y con mucho poder, decidió ponernos a todos a andar por el suelo y con la cabeza lejos de las superficies de contacto. No consigo entender para que sirve. Pero bueno, ya me queda poco tiempo para liberarme y poder hacer como ellos.

Ellos no tienen dibujos salvo en la cara que vemos, así que me voy a empezar a dibujar mi nuevo traje por los brazos. Sigo por la parte posterior de las piernas, la parte de los glúteos a la que llego con las manos y, a la que no llego, pongo la pintura sobre piezas de plástico colocadas sobre la tapa de la taza y me siento. Me voy antes de nada a poner música seria. Algo que honre a los gecos. Ya sé. Strange highways de Dio.

Me veo en los espejos que he colocado. Son suficientes. Me ha quedado perfecto. El sistema me sirve para la espalda, sólo tengo que colocar los plásticos sobre la cama y, con cuidado, ponerme encima para impregnarme.

La cama ya no me va servir para nada porque ella también está sujeta a la fuerza de la gravedad y no necesito cama en el otro lado.

El sistema para poder situarme sobre la superficie del techo, que dentro de un rato será mi nuevo suelo, está preparado y comprobado.

En cuanto la pintura ha secado, me subo encima, saco los tres litros de cianacrilato, impregno el contorno de mi silueta que había dibujado hace días y me impregno yo, por mi cara no visible. Aprieto el botón de hinchado y mi cama supletoria me eleva al techo. Ya estoy adherido. Estoy libre de la fuerza de la gravedad. Soy libre. Bueno aún no. Me falta un pequeño detalle: tengo que accionar la válvula de vaciado. En el prospecto del cianacrilato dice que soporta, una vez aplicado, una tensión cercana a los ... bueno mucho, pero ¿lo soportará mi piel?

Si es así, esperemos que también lo soporte el techo. Accionamos y ya está. Empieza a bajar. Se desinfla.

Ahora pertenezco al otro mundo. Ya estoy aquí. Se acabo comer, beber y todas las molestias de los que andan al revés. Nunca he visto a nadie comer ni beber en el techo. No ves a nadie fumar. La gente del techo no discute, no pelea. No hay coches que te atropellen. Está claro que hay mucha más tranquilidad.

Llega la noche. Tengo un poco cansado el cuello. Por lo demás, puedo decir que es distinto a lo que pensaba. No es molesto, pero está claro que hay que adaptarse. Supongo que con el tiempo me será incluso normal. Voy a poder dedicar todo mi tiempo a pensar. Soy un recién llegado y el viaje ha sido largo. Voy a dormir. Ya no escucho la música. Me cuesta respirar porque aquí el aire está al revés y todavía no lo entiendo bien.

Estoy soñando.

Una de las ventajas que siempre he tenido sobre la mayor parte de los de mi género ha sido la capacidad de pasar conscientemente de la vigilia al sueño. Es decir que soy plenamente consciente -si quiero- de lo que estoy soñando. De hecho incluso en determinados momentos puedo manejar a voluntad mis sueños. Está claro que ésta es una de las cosas que me diferencia de los que andan al revés. Todo esto lo digo por la necesidad de la comunicación.

Hace mucho tiempo que los de abajo me vienen poniendo trabas a la comunicación, hasta tal punto, que decidí cortarla. Me he venido aquí para encontrar la paz, comunicarme conmigo mismo y esperar hasta que venga alguno de los de este lado de la realidad, que son pocos pero mucho más comprensivos.

Quizás he perdido la capacidad de hablar. No tengo la más remota idea de cuánto tiempo hace que no hablo. Puede que sea desde la última vez que vi a los de la cápsula del tiempo. Esa gente me hace temblar.

Los grandes poderes de los del suelo han hecho que no sea necesario hablar. Ellos te lo dicen todo.

Por ejemplo: necesito comprar comida. No tengo que decir una palabra. Sólo tengo ir al supermercado cogerlo y pagarlo. Pero ellos ya te han dicho lo que tienes que comprar. Otro ejemplo es la televisión y el ordenador. Nadie habla con el televisor (alguno hay que habla con la tele en las noticias y con los deportes pero luego se da cuenta de que eso es una locura). El ordenador está hecho para que escribas. Hay pequeñas rebeldías como las webcams y los micrófonos, aunque estoy seguro de que si hubieran podido lo habrían evitado. De hecho los micrófonos existían hace mucho tiempo y ellos han estado retrasando la aplicación al ordenador muchos, muchos años.

Ahora lo recuerdo. Dejé de hablar cuando estuve en la cápsula del tiempo la última vez. Cuando me dejaron salir hice el homenaje a los mudos, a los sordos y a los sordomudos. Los primeros y los últimos los siento más cercanos a mí.

Los de abajo han debido de notar mi falta. Ya han puesto en marcha sus poderes. Ya noto como empiezan a tirar de mí. Pero yo soy una roca, no pueden separarme. Ya formo parte del otro lado. Nunca conseguirán que vuelva. Mi piel es firme: aguantará. Cuando vean que no hay manera, se aburrirán y desistirán.

Me voy a desconectar. Esa es otra de mis ventajas. Puedo hacerlo.

Parece ser que estoy despierto. Desde mi nuevo pequeño mundo ya no me molesta la luz del sol. Si lo quiero ver simplemente tengo que mirar hacia abajo. Si no, sólo me da el reflejo en los objetos de la habitación o en los cristales de los vehículos aparcados allá arriba. Es curioso observar algo que tienes delante de tus narices siempre, como es el antiguo suelo de mi vida, y nunca le atribuyes la más mínima propiedad. Ahora lo observo con curiosidad: me parece precioso ver como varía sus tonalidades en función de la incidencia de la luz del sol.

Colores grises y ocres al amanecer. Me encuentro agotado del viaje. No tengo necesidades fisiológicas en absoluto, algo que calculé bastante bien. Voy a volver a dormir un rato. Poco a poco me siento más integrado en mi nuevo mundo. Me da la impresión de que el secreto está en el sueño. Mientras duermo me es más fácil integrarme en mi nuevo medio. De hecho cuando me encuentre descansado empezaré a explorar los nuevos espacios que se abren ante mi.

Acabo de caer en la cuenta de que todos los preparativos me han llevado al éxito. No hay nada como la planificación: está demostrado que si persigues un objetivo, la probabilidad que tienes de éxito con la improvisación como única herramienta es bastante baja. Pero eso ya lo había aprendido tiempo atrás, cuando la desesperación me hizo intentar escaparme de los hombres de blanco sin planificar.

La primera vez fue a los veinte años recién cumplidos. El día siguiente a mi cumpleaños mi padre me dio su regalo definitivo: me los presentó. El día anterior lo celebramos con una pequeña fiesta en la que mi único amigo no era visible para ninguno de ellos.

El duende de la escalera hablaba conmigo desde los seis años creo recordar. Apareció aquel día en que mi padre le gritaba a mi madre para explicarle que él hacía lo que quería sin que nadie en este mundo pudiera decirle lo contrario. Desde aquel momento entendí por qué mi madre era sorda. No por un problema físico. Era porque mi padre le había roto los tímpanos a gritos antes de que yo naciera.

Pero siguiendo con el duende, apareció aquel día cuando yo no aguantaba más los gritos de mi progenitor y me salí al descansillo y me senté en la escalera a esperar a que pasase la tormenta. Sí, la tormenta. Llueven lágrimas y se oyen truenos en la voz del que grita y, si estás muy cerca, puedes sentir los rayos caer cerca de ti.

Los duendes son de un extraño carácter. No se acercan a ti y te tocan. No hacen gestos cariñosos. Se presentan a una cierta distancia y se hacen notar. A continuación hacen que te presentes y, si lo haces, entonces se presentan ellos. Suelen hacerlo con su nombre sin apellidos (creo que no los tienen) pero siempre lo acompañan de una frase con mensaje. Te la dejan y desaparecen. Después de mucho tiempo entiendo su actitud inicial: las personas no creen en ellos y si creyeran sería un peligro para su existencia. Por eso sólo se presentan ante personas desvalidas con el fin de ayudarlas.

El que a mí se me apareció aquel día tenía nombre, pero yo hice la promesa de que no lo revelaría. Me dijo a continuación que cuando alguien siente el toque del mal es demasiado tarde.

En la siguiente ocasión que nos encontramos, le pregunté por qué me había dicho aquello. Me contestó que quería ayudarme, pero que tenía que poner de mi parte.

Claro que asentí. No tenía muchas opciones. Ni siquiera de relacionarme con niños de mi edad. Está claro que si tenía una opción la ejercería. Y la ejercí.

Él me instruyó en la introspección. Encontrando mi mundo interior sería libre aunque el todopoderoso vociferante me zarandease, pegase o lo que fuera.

Pasé mi infancia y parte de la juventud en su compañía y la de otros duendes que en alguna ocasión le acompañaban en su visita.

Un buen día me preguntó que si recordaba lo primero que me dijo cuando nos conocimos. En ese momento me tocó (algo que nunca había hecho) y me dijo que ya no volveríamos a vernos nunca.

Me entregó una pequeña hoz de oro como las que se dice que usaban los druidas para recoger el muérdago en los bosques de robles del Norte de España, las Islas Británicas y Centroeuropa.

Estaba bien afilada y tenía unos símbolos en ambas caras de la hoja. Le pregunté qué era todo esto.

El duende ya estaba impaciente por desaparecer. Confieso que, a pesar de las muchas veces que estuvimos juntos nunca conseguí averiguar como aparecía y desaparecía.

Me contestó con otra de esas frases que quedan para siempre y que, además, luego ves escritas por otros y las sientes tuyas: “La hoja de la hoz representa tu vida, en una cara está el cielo, la felicidad, lo positivo. En la otra está el infierno, el dolor, lo negativo. Tu situación en cada momento depende de la inclinación que des al corte”.

En el mango de la hoz había un orificio por donde pasaba un cordón de cuero para colgártela al cuello. Después de entregármela también me dijo que siempre la llevase conmigo.

Cuando me reincorporé a la celebración de mis veinte navidades, me encontré a mi padre agarrando del cuello a mi madre y diciéndole a “su manera” lo mucho que la quería. Y no lo dudé, estrené la hoz y le hice a mi padre una herida de más de veinte centímetros en la espalda.

Pasaron varias cosas inesperadas por mi y que me llenaron de sorpresa. La primera fue que gritó exactamente igual que un cerdo cuando lo degüellan y esos sonidos no se los había escuchado nunca.

El segundo hecho impactante fue que no le gritaba a mi madre. Simplemente gritaba, sin mensaje ni amenaza.

Pero lo más sorprendente fue que, de pronto, dejó de tenerme catalogado como un objeto móvil de la vivienda.

Y su rostro estaba lleno de dolor, ira y sobretodo miedo. Algo que jamás hubiera sospechado que le pudiera ocurrir.

Fue absolutamente increíble observarlo mientras corría apabullado escalera abajo, ensangrentado y sin saber exactamente la magnitud de la firma que le había dejado.

Se dirigió a pedir ayuda. Ayuda a su persona, en lo físico (por la herida) y en lo psíquico porque de pronto tenía miedo. Él, que no tenía a nadie que le dijera lo que podía o no hacer en este mundo.

Ese día la hoz dorada cambió mi vida para siempre.